Los martes… Luli.


Ese martes entré a un negocio nuevo, me dedico a vender artículos de librería y papelería a negocios de este rubro.

Me recibe la dueña del local, se presenta como Luisa pero que todos la conocen por Luli. Unos veinticinco años, pelo largo recogido en una cola de caballo, castaño oscuro, ojos color miel o verdes, según como les pega la luz y con un dejo de tristeza, amargura quizás.

Estaba empezando con el negocio y una conocida en común  nos contactó, como llevo años en el ramo le pasé algo de información y después de comentar el estilo de la zona, a parte de venderle mercadería tradicional para una papelería de barrio, le propuse dejar una serie de artículos para pintura y dibujo en consignación ya que a pocos metros los fines de semana funciona una feria de artesanos. La idea le gustó y quedamos que le iba a ir dejando todos los martes esos productos y ella me pagaría los que se hubiesen vendido en la semana.

Con el correr de las semanas fuimos teniendo un trato más afable que un simple acto comercial, así me fui enterando algo del por qué de esa mirada triste. El marido le hacía la contra por el negocio, la menospreciaba y llegaba a humillarla en público con frases como “pensás que vas a mantener la casa vendiendo papelitos” y otras “delicadezas” semejantes.

Pero resulta que en verdad ella mantiene la casa, él tiene un taxi que había sido del padre. Este se enfermó y está internado después de un ataque de presión que lo dejó postrado en una cama. El auto está viejo y no rinde como para cambiarlo y es más lo se gasta en el taller que lo que gana.

Una tarde llego y estaban trabajando unos albañiles agrandando el local a todo el frente de la casa dejando sólo el garaje libre, Luli me había comentado el proyecto y por fin lo estaba haciendo.

El marido no hacía más que molestar a los obreros con si estaban seguros si les iban a pagar el trabajo y ese tipo de bromas de mal gusto.

Con el local terminado el negocio estaba muy lindo y Luli estaba agregando a la papelería escolar y comercial la venta de libros, nuevos y usados y esto la tenía muy contenta y con bastante trabajo pero el marido seguía en la misma postura de subestimar el negocio a pesar de tener cada vez más problemas con su auto.

Mientras estábamos con Luli un martes al mediodía terminando de hacer la lista para la próxima semana entra el marido y sin decir palabra va a la caja, saca plata y sale dando un portazo.

-Todas la tardes lo mismo.

Las lágrimas ruedan por la cara de Luli sin que haga nada por ocultarlas, eso es un mal síntoma, la tristeza tiene que ser grande para que una mujer llore sin tapar su cara.

Luli está paralizada, tomo su mano y ni siquiera me mira, las lágrimas siguen cayendo sobre el mostrador. Voy a la puerta y cierro el negocio. Tomo a Luli de los hombros y la llevo al interior de la casa.

Entro al baño y pongo a llenar la bañera, Luli se acerca al borde y yo me aparto para retirarme

-No por favor, no te vayas.

Intento no fijar la vista en ella pero cuando se suelta el vestido y lo deja caer no puedo evitar mirar su silueta, no la había imaginado así, por empezar no llevaba corpiño, la cintura muy macada y el cuello al apartar la cola de caballo hacia adelante descubría un cuello largo y estilizado muy sexy. Lo único que la cubría era una bombachita de encaje que marcaba unas caderas impecables. Se descalzó y entró a la bañera y quedó cubierta por la espuma.

Me pidió que conecte el hidromasaje para lo que tuve que acercarme, cerró los ojos y se recostó. Mi sorpresa fue que estiró una mano buscando la mía y la apretó contra su cuerpo como abrazándola. Así quedamos por un rato largo.

-Te busco una toalla

-En el pasillo, por favor.

Salgo muy turbado, por un lado excitado por su cuerpo y la situación y por otro la misma situación que me indicaba no aprovecharme de la debilidad de un mal momento.

Sostengo la toalla para envolverla cuando salió del agua dándome la espalda, ya toda desnuda. Se friega un momento para secarse y gira.

Por instinto la tomo de la cintura, ella rodea mi cuello y el beso surgió espontáneo, suave primero, completo después. La toalla estaba en el suelo y yo voy bajando con mis labios por su cuello, sus hombros…

La levanto y la siento en la mesada, la sigo besando, los pechos, no los imaginé nunca tan firmes, reaccionan con la turgencia de los pezones, bajo más, su panza lisa, se contrae con el tacto de mi lengua. Ahí presto atención a su pubis, casi descubiertos de bello sus labios me tentaron y mi boca se ocupó de atenderlos con la mayor dedicación

-Por favor… ¡Cómo necesito esto!

Luli me toma la cabeza y me confirma su aprobación, entonces sigo besando, lamiendo, chupando… La respuesta no se hace esperar, la humedad se transforma en jugo y los suspiros en jadeos.

Siento temblar el vientre y los muslos, mi boca y mis dedos encharcados sienten el clímax muy cerca, no es momento de parar, acelero las caricias y la tensión de las piernas y los dedos crispados entre mi pelo me confirman su orgasmo.

Beso sus muslos y levanto mi mirada a la suya, al pasar veo como gotea su sexo… Pleno de placer… Con los dedos acaricia mi cara empapada por su orgasmo. Salta al suelo y me besa toda la cara.

Se arrodilla ante mí saca mi miembro del pantalón, estoy muy excitado y ella no aparta los ojos de los míos, esto me calienta más. Sin preámbulo se mete mi pene en la boca y lo chupa con ´gozo y yo se que no voy a aguantar nada, su boca y sus manos tienen un solo propósito… Mi placer…

La quiero apartar cuando siento que voy a acabar sin remedio pero se aprieta más a mí sin permitirme salir de su boca.

Gira sobre la pileta y se enjuaga, se vuelve y me besa

-Necesitaba esto, así, tal cual… No digas nada… Hasta el martes

Salí sin decir palabra.

El martes siguiente fui como siempre y como el marido estaba por ahí dando vueltas la esperé cuando cerró y fue a dar su caminata de todas las tardes. Subió  a mi camioneta y paramos en una calle tranquila.

No nos tocamos, hablamos un rato largo y me explicó que sentía mucha pena por su marido y que no lo iba a dejar.

Pasó otra semana y al entrar al otro martes la encuentro con los ojos rojos de llanto. La interrogo con la mirada y me hace señas que está en la casa.

La esperé otra vez en su paseo. Subió y me besó.

-Hace meses que no me toca. Se lo reclamé y me dijo que para qué si ni siquiera puedo darle un hijo.

-¿Cómo?

-Es cierto, por culpa de él tuve una infección y no puedo quedar embarazada.

-Pero…

No seguí hablando, la abracé y la besé… Sin decir nada ninguno de los dos fuimos a un hotel…

-No estoy muy segura de esto, si te freno no te enojes por favor.

-Si hace meses hagamos de cuenta que es la primera vez, tengamos calma.

-¿Te molesta si me ducho?

No le contesté, le señalé la ducha que estaba cubierta sólo por un vidrio y le solté el pelo, hacía rato que quería ver esa melena suelta en la espalda…

A los minutos de estar bajo el agua

-¿No venís?

Me apuré a alcanzarla y salimos directo a la cama sin siquiera secarnos, besos, caricias, nos lamimos todo y despacio fuimos acomodando nuestros cuerpos hasta que entran en Luli fue casi inevitable y ella lo festejó sin tapujos.

El cuerpo de Luli era lo opuesto a lo que demostraba su carácter al frente del negocio o en su relación con el marido. En la cama pierde su aplomo y se convierte en una amante apasionada y atrevida, no dejando nada de lado, todas las posiciones, los juegos… Su vagina aprieta y afloja el pene con una facilidad única, la cintura se dobla como bailando al estar sobre mí, cambia los tiempos y no se cohíbe cuando llega a un orgasmo, cosa frecuente, y sigue como si recién empezara…

A lo que he tenido que acostumbrarme es a que le fascina el sexo oral… De ella a mí… No es una queja… Todo lo contrario.

Así pasan los martes de mi vida… Y la de Luli…

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2 respuestas a Los martes… Luli.

  1. Parecería que eso es parte de un texto que posiblemente será mas largo. abzos

    • erebo1984 dijo:

      La historia es desde ya más larga… El texto no sé, tal vez sea mejor dejar desarrollar la imaginación de quien lo lea…

      Gracias por leer y sobre todo por la atención de comentar.

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